martes, 9 de junio de 2015

La magia inagotable del celuloide

Debieran ser las siete de la tarde pasadas cuando Emilio, enfundado en un primoroso abrigo de paño marrón y bufanda de lana verde oliva, traspasó el umbral de la puerta de su casa para emprender aquella insólita aventura que el tiempo se encargaría de fijar en su caprichosa memoria. Mientras ascendía por el firme empedrado de la calle de la Fuente, presentía el acecho de miradas desde las tiendas de ultramarinos que la flanqueaban, a la vez que inspiraba el fuerte olor a tinaja que salía del viejo bodegón de la esquina de más arriba. Escuchaba el piar vespertino que volaba desde las jaulas de los pájaros cautivos en la fachada de la barbería de enfrente antes de enfilar la enorme plaza del Ayuntamiento repleta de bares, confiterías y casinos con cierto aire de decadencia contenida. Y al fondo, antes de encarar la calle Real, la cartelera de soldados en combate descarnado que anunciaba el caos del escenario infernal que en poco rato abstraería sus ojos inocentes. Un tibio sudor asomó, entonces, por su cuello enfundado en franela inmaculada y él apretó el paso que, por un instante, había perdido su firmeza.


Era la primera vez que descendía solo, sin el cortejo protector de sus padres, aquel empinado Albollón que separaba, o quizás anudara, los dos mundos antagónicos de su pueblo, la parte alta y el barrio de los agraciados por la fortuna. La caída del Albollón iba marcando la falla entre los dos universos de la villa a través del progresivo engalanado en la arquitectura de sus casas de elegantes cancelas acristaladas, balcones de forja artística y puertas de cuarterones con llamadores de bronce de fantasía, susurrando que, allí abajo, se hallaba un Dorado distante, aferrado a la campiña de olivos, tan diferente a los empinados callejones de más arriba, rendidos ante su omnipresente Peña, pobre y desnuda, como sus gentes.

Acompañando a aquel andar apresurado recordaba que buena parte de la noche anterior había permanecido en vela y, el resto, dormitando entre pensamientos fantásticos, evocadores del recuerdo de sus escasas presencias en el mágico cine de verano de la Fuente Nueva, al que, sus padres, solían llevar las noches de aquellos largos domingo golpeados por el sofocante calor de agosto, siempre amortiguado por las fragancias que exhalaban las hiedras trepadoras, jazmines, dompedros y damas de noche, refugio de insectos acechados por larguiruchas lagartijas, que revestían las tapias que rodeaban aquel enorme patio sembrado de sillas de anea y coronado por una bóveda de estrellas desde la que, súbitamente, saludaban, juguetonas, veloces estrellas fugaces.

Aquello siempre supuso para Emilio una excepción lúdica inefable. Sentado en las rodillas de su padre, para salvar el estorbo de los torsos de los señores que ocupaba las sillas delanteras, había podido admirar los arpegios de las coplas en la garganta del pequeño ruiseñor’ (Joselito), la magia taumatúrgica de ‘Marcelino, pan y vino’ (Pablito Calvo) o la fascinación del tecnicolor, ornamento de las más exóticas aventuras que nunca habría podido emular su monótono jugar en la plaza con peonzas, canicas y pelotas del ‘gorila’. 

Aquella noche de otoño incipiente era especial. A sus escasos ocho años de edad, Emilio había recibido un obsequio de valor incalculable, un pasaporte prometido, desde hacía meses, al mundo mágico del celuloide. Mientras avanzaba junto al majestuoso pilar de la Fuente Nueva, su emoción se desbordaba contemplando la hilera de taxis que perfectamente alineados esperaban pacientes al borde de la acera,  el pasear pausado de la reverencial pareja uniformada de guardias municipales por la puerta del casino del que salían,  enfrascados en un parloteo incomprensible, señores desconocidos para él, tocados con seductores sombreros Borsolino y mascotas de fieltro que decían todo acerca su posición acomodada.


Más abajo, contiguo, se alzaba, solemne, el Cinema San Miguel con sus tonos rojizos, coronado por una elegante cornisa partida por un bello arco rebajado. Debajo sobresalía una cancela central con ventanas, mitad adinteladas, mitad coronadas por arcos de medio punto, y separadas por tres refinadas molduras que atrapaban en su interior delicados ornamentos vegetales. Era la cáscara que encerraba un tesoro de sueños que volaban cambiantes cada noche cuando se apagaban las tenues luces que iluminaban su excelso patio de butacas. 

Llegado a ese punto la emoción se transformó en un anhelo pavoroso, justo antes de cruzar la cancela que conducía al vestíbulo que vigilaba, impasible, el erguido portero que recogía las entradas de colores que marcaban el acceso a los diferentes espacios que separaban la distinción social de los espectadores. Fijó sus ojos en aquel hombre que, indiferente, asintió con un gesto rutinario sobre la validez de aquella entrada única, sólo suya, para la grada de  general, que es como se llamaba al gallinero de los cines de su pueblo. 

Una larga y penumbrosa escalera conducía, no sin antes traspasar una tupida cortina granate, a aquel amplio y elevado graderío repleto de largas bancadas de madera a las que se anteponían cuatro hileras de butacas de madera reservadas a los pases de anfiteatro que separaban, preventivamente, a la muchedumbre alineada en el gallinero del elegante patio de butacas de abajo. Pero daba igual, desde allí también se avistaba, inmensa, la pulcra pantalla blanca, que se extendía apaisada al fondo, y los paneles enmoquetados que apresarían los sonidos para que sólo fueran patrimonio de la audiencia.



Sentado en una esquina de la bancada, tímido y sobrecogido, asistía al lento aparecer de hombres y muchachos de edades diversas que iban ocupando pausados el graderío bajo el murmullo de saludos y voces que se iban convirtiendo en un guirigay inaudible del que sobresalían, machacones, los chasquidos de pipas, garbanzos tostados y cacahuetes que muchos portaban en cartuchos de papel de estraza. Otros observaban en silencio los prospectos ilustrativos del contenido de la película que cada día se imprimían, en tamaño cuartilla, en la imprenta del piso de abajo, y que los niños coleccionarían después con el curioso nombre de argumentos.

De pronto, el tañido de un timbre convocó al silencio mientras la oscuridad inundó hasta el último rincón de la sala. Desde el estrecho ventanuco situado en la parte más alta de la grada, una enorme y estirada lengua de luz fluyó embravecida para difundir por la pantalla un torrente de imágenes envueltas en sonidos fascinantes e insospechados que embelesaron, cuan disimulado prestidigitador,  la vista y el oído de todos los presentes. Era el tiempo de la magia ¡Había comenzado el espectáculo!

A.J.G.G.


* * *


BSO de Cinema Paradiso. Dr. Giuseppe Tornatore. 1988
Música: Ennio Morricone

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12 comentarios:

  1. Muy bueno, me gustó y me hizo recordar mi propio pasado.
    Un abrazo.
    HD

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  2. Me ha encantado el relato tanto en el fondo como en la forma. Micamo

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  3. Antonio, tu historia me ha emocionado tanto por la forma como por el contenido ya que me ha devuelto a aquella época feliz, a pesar de la penuria económica , en un pueblo como el tuyo.
    ¡Qué suerte tenemos los que todavía podemos recordar acontecimientos relevantes de nuestra infancia como si los tuviéramos presentes aunque de vez en cuando no recordemos donde pusimos las gafas hace un momento!
    Es hermoso recordar , sobre todo, aquello que nos hizo felices : una fiesta de cumple, la esperada mañana del día de Reyes , el encuentro con los amigos … y poder plasmarlo en un texto como has hecho tú con este relato que es prosa sencilla y precisa(¡hermosa descripción del pueblo, sus calles, sus edificios emblemáticos como el que albergaba el cine!) cargada de nobles sentimientos , ternura y un poco de crítica social. Creo que todos llevamos un Emilio dentro porque todos, de alguna manera, hemos vivido acontecimientos que marcaron por un instante nuestras vidas. Como soy de tu generación comprendo la emoción de la aventura en solitario que viviste en esa noche de otoño incipiente . Sabes que en aquellos tiempos la TV en casa era inimaginable .Teníamos la radio pero sobre todo teníamos un caudal de imaginación y todo el tiempo del mundo para poner en práctica el variado repertorio de juegos ,entre ellos muchos de los que mencionas en el texto. Pero ahora viene lo bueno, una vez a la semana, el domingo, teníamos la sesión de cine . ¿Cómo no recordar el desasosiego y a la vez la ilusión de poder ver la peli de nuestros sueños? ¿Sería del oeste, o quizá de romanos ? Bueno, daba igual,¡ el caso es que tuviera acción!. Vestidos de domingo , íbamos con el corazón acelerado a ver la cartelera(por las fotos casi sabíamos si sería tolerada o no) y después a la iglesia en cuya entrada estaba el famoso cartelito de la censura .¿Podríamos verla? ¿Sería solo para mayores de 14 años?¿Tendríamos que estar esperando otra semana? En un instante, la felicidad completa o el desconsuelo más atroz por capricho de aquel señor que años más tarde supe que le llamaban censor.
    Así que gracias , Antonio, porque no sólo he disfrutado leyendo esta aventura de Emilio sino que has hecho que vuelvan a mí , recuerdos también muy emotivos y siempre presentes de mi infancia en aquel pueblo que siempre recuerdo con cariño y emoción , donde la pandilla, los juegos, el cine , el contacto continuo con la naturaleza , los primeros amores… y el inmenso cariño de los que velaban por nosotros, hicieron que , a pesar de toda la escasez que nos rodeaba , viviéramos momentos inolvidables.

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    1. La verdad es que la infancia se nos acerca más cuanto más nos alejamos de ella. Cruel paradoja. La memoria nos funciona como una gran cinta de celuloide en la que, juguetones, se quedaron impresas vivencias que, de vez en cuando, nos recuerdan que existieron muchas veredas por donde hallar la felicidad. Sé que tú siempre me leerás y me escucharás con buenos ojos y con los oídos atentos. Es lo que tiene la amistad que espero todavía se alargue mucho más que la que ya hemos disfrutado. Gracias por tus elogios. Tampoco merezco tanto, Micamo. Un abrazo.

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    1. Gracias amigo. No sabía que me encontrabas por estos vericuetos. Abrazos

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